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La noche de las bestias

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Airin
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MensajeTema: La noche de las bestias   Lun Abr 01, 2013 12:39 pm

La medianoche se asomaba silenciosamente por las ventanas gastadas de la casa de los Jones. El olor a miedo asechaba Mackenzie, la hija mejor de Stephen y Lucía.

La niña de ocho años, inocente y pura, como era de esperase, con una mueca de horror, sentía como sus bucles oscuros se batían con el viento helado.
Las sombras de los árboles y de algunos búhos que se descansaban en las ramas, le jugaban malas pasadas, asustándola; pero, ése no era el peor de los temores de Mackenzie…

Con la respiración agitada, y las lágrimas apunto de escapar de sus ojos infantiles, esperaba la llegada de la “bestia”, la horrible y repulsiva bestia.

Muchos se preguntaran, ¿Qué clase de bestia es?
La respuesta es simple, nadie lo sabe. Ni siquiera la ella.

— ¿Estás ahí, Yaho? —susurraba por debajo de las sábanas, temblando.

El gato no le contestaba, como usualmente hacía, ya fuera con señas, o con suaves ruidos.

El compacto felino negro, con rasgos peliculares, un extraño ojo verde, y otro azul, no velaba los sueños de su dueña… El gato había desaparecido.
Y Mackenzie lo había notado hacía horas. Sólo que no atrevía a asomar la cabeza por sobre la arrugada manta rosa.

De pronto, otra sombra, mucho más grande que la anterior, y un chillido infernal, provenientes de la cocina, la exaltaron.
Se vio obligada a encogerse de hombros.

—Yaho… —farfulló asustada.

La menor de los Jones tuvo que armarse de valor, e ir en busca del animal.
Quisiera, o no, no se perdonaría dejarlo morir… No pudiendo haber hecho algo para salvarlo.

Con indecisión, saltó de la cama. Seguidamente, observó con detenimiento, desde el marco de la puerta, los peldaños de la escalera.
Su mano se aferró con fiereza a la puerta.

Mackenzie respiró hondo, se permitió dejar que escapara, y que se deslizara por su mejilla, una gota de agua de sus ojos, y comenzó a avanzar.

La niña era consciente de que probablemente ese sería su fin. Las probabilidades eran demasiado altas como para esperar un milagro divino.
Ya se lo habían advertido en sus sueños, esa noche…. Esa noche sería el final de sus oscuras pesadillas.

Cuando la luna llena se elevara en lo más alto de la negrura del cielo de otoño, la noche de las bestias se haría presente, y la arrastraría consigo.

La canción lo decía, lo repetía continuamente en sus sueños:

Diecisiete noches, sólo diecisiete atardeceres más…
Pronto la noche de las bestias vendrá por ti… no te dejará escapar.
Espérala, únete, no te resistas, no podrás contra ella…
Únete, únete…

Cantaban a coro las voces malignas de unos niños.

Mackenzie jamás pensó que seguirle el juego a su hermano mayor y a sus amigos, le traería tantas consecuencias.

Definitivamente, jugar con la oscuridad no era un simple juego de infantes.

De la nada, un golpe seco la orilló a voltearse en dirección a las escaleras de madera.

— ¡Te encontré! —clamó la vocecita de… una muñeca. Su muñeca.

La muñeca le sonreía, mostrando su sonrisa de porcelana, entretanto sus rizos dorados flotaban, al igual que el resto del cuerpo del juguete.

— ¿Creíste que te escaparías de mí, Mackenzie? —preguntó dulcemente, pero con un toque de maldad.

—Ma-Mari-Marietta —tartamudeó llevándose la mano a la boca.
— ¿Ya no querías jugar conmigo? Pues, yo si quiero… ¡Vamos a jugar! —voló hasta ella.

La pequeña quiso escapar echándose a correr; sin embargo, algo le interrumpió el paso.

— ¿Pero qué? —entreabrió los labios, con las lágrimas empapándole el bello y fino rostro.

—No te vayas, Mackenzie… queremos jugar contigo —le dijo una especie de cocodrilo verde de plástico, al cual le faltaba una pieza, su brazo.

—Sí, no nos hagas esto —secundó un oso de peluche sin un ojo de botón.
Del suelo fueron emergiendo más y más juguetes. Todos con una particularidad: les hacía falta alguna parte del cuerpo.

Ninguno de ellos le pertenecía, ni los rememoraba siquiera.
Esto le recordó a lo que le había hecho a su muñeca de porcelana favorita, Marietta, hace ya un par de años, poco antes de cumplir los cinco:

— ¡Muñeca inservible! —le gritó al objeto rotoso -se te ha salido otra vez el brazo. ¡Ya estoy harta de tener que jugar contigo siempre! ¡Te detesto! No eres más que una estúpida muñeca. ¡Le haré caso a papá, y te iré a botar a la basura! -refunfuñó.

Luego la arrojó al tacho de basura, como se lo había prometido.
Hugo, su hermano mayor, la recogió a escondidas, la limpió, y la llevó a su habitación, en donde la conservó en secreto.
Con el tiempo le tomó cariño a ésta.

— ¿Pero a qué vamos a jugar? —inquirió una sucia Barbie sin pierna.

— ¡Ya sé! —Propuso un payaso a pilas. Traía la mitad de la cara quemada, y parte del cuerpo —como a mí me quemaron la cara, juguemos a quemar los rostros —rió diabólicamente.

— ¡No! —Contradijo otro juguete —como a mi quitaron los brazos, ¡juguemos a quitar los brazos!...

— ¡No! —exigió Marietta, haciendo acto de presencia en la sala —. Yo seré quien elija el juego… Jugarás con nosotros, ¿cierto, Mackenzie?

Al escuchar esto, la pequeña salió huyendo rumbo a la habitación de su hermano Hugo. A quien despertaría y pediría ayuda.
Era el único al que podía recurrir, sus padres, Stephen y Lucía, habían salido a cenar, justamente esa noche.



La puerta de la habitación de Hugo se abrió tan rápido que apenas podría haber sido captado por la vista humana; sin embargo, no se podía decir lo mismo de lo no humano…

Mackenzie la cerró de un portazo limpio. Agitada, acompasó su respiración, mientras se daba la tarea de mover incesantemente a Hugo, con el único objetivo de despertarlo.

—Hugo, Hugo —mascullaba; mas, el muchacho de quince años no demostraba signo alguno de oírla —.Vamos, Hugo, no me hagas esto. Tú me has metido en esto. Se trata de Marietta…

Un escalofrió repentino recorrió su espina dorsal sin previo aviso, estremeciéndola.

—Detrás de usted… —manifestó algo cerca de su oído. Tenía un aliento helado, que le pondría los pelos de punta a cualquiera.

Sonaba como una niñita, pero… no lo era. Eso Mackenzie lo podía jurar. De hecho, lo hacía, al tiempo que rezaba a todos los santos que conocía para que intercedieran por ella.

Mackenzie se volteó de sopetón, girando sobre sus talones.
No esperaba lo que halló frente a ella: una chiquilla como de unos siete u ocho, como de su edad, con largos cabellos rubios, lo opuesto a su físico. Pues, Jones llevaba una melena achocolatada.

—Tenga cuidado, niña… Detrás de usted —volvió a susurrarle, para después desvanecerse. Como las nubes ante un fuerte vendaval.

En respuesta, giró nuevamente en dirección contraria, para esta vez encontrarse con algo increíblemente aterrador que le robó la respiración…
Un desfile lúgubre se efectuaba ante su mirada miedosa: toda clase de criaturas de la noche pasaban por las escaleras, descendiendo hacia la cocina.

El cuerpo sin vida de su gato, Yaho, era arrastrado entre la multitud.
Un grito de espanto se ahogó en su garganta. Gritar era una cosa a la que no debía ceder por ningún motivo.

—Yaho… —lloriqueó.

De repente, una caricia áspera le erizó la piel, un hedor desagradable invadió el ambiente.

Un sonido leve que reconocía a la perfecciona la hizo brincar… ratas, millones de ratas negras salieron de la nada, listas para comerse a Mackenzie.

La aludida voló, literalmente, a la azotea de la casa, buscando escapar.
Se preguntaba en su interior si todo lo que había visto hasta ese momento era sólo producto de su imaginación, o si se estaba volviendo loca de remate… sin embargo, ninguna de las dos opciones era la correcta, la pequeña no tenía tanta suerte… lo peor estaba por venir.

Jones subía con desesperante angustia las siete gradas que la separaban de la azotea, en el corto trayecto se había topado con más de una criatura: el fantasma de un niño, y un juguete maligno, que para su fortuna, pudo evadir con un golpe del bate de béisbol que cargaba consigo para defenderse.

Cuando, sólo una puerta corrediza la separaba de su más grande anhelo… el impacto de una garra contra su mano, además, de un ruido que por poco le rompió los tímpanos, le provocó una profunda herida muy dolorosa.
La línea recta que se marcaba en la palma de su mano, sangraba hasta formar enormes charcos en el lejano piso.

Las alturas no le venían bien a Mack, empezaban a marearla, y también lo hacía, en especial, su fobia a la sangre. Aquel líquido carmesí que corría ahora por su níveo brazo.

—Mackenzie, Mackenzie, Mackenzie… ¿creías que podías huir de mí? —la interrogó la “cosa” más espantosa que nunca antes había visto. Una clase de demonio, con cola puntiaguda, dientes afilados, ojos alargados, y una gruesa piel escamosa.

— ¿Q-qué eres? —los ojos de la niña se abrieron como platos ante la imagen que se le presentaba.

—Yo no me preocuparía tanto por eso, sino, más bien, por lo que va a pasar a continuación —el demonio se le aproximó peligrosamente.
En un intento de defensa, Jones le arrojó el bate, que se partió en dos al golpetearse con la piel de su atacante.

Confundida y asombrada, pero, sin perder ni por un segundo el traicionero miedo, le lanzó los objetos que se encontraban a su alcance: un reloj viejo, unos zapatos sin uso de quien sabe quién, y una roca que le pertenecía a su difunto abuelo, que a nadie le interesaba bajar al piso inferior y guardar, ni por el recuerdo del que en vida fue el padre de su madre.

—No seas maleducada, Mackenzie —endosó el demonio con voz “dulce”, mientras la tomaba de la muñeca, apretándola con semejante fuerza, que Mack pudo sentir como se quebraba —. Los niños no deben de ser malcriados, ¿no es así, Hugo?

Al escuchar la mención del nombre de su hermano, Mackenzie ladeó la cabeza, en busca de quien creía su “salvador”… grave error.

El joven Hugo, lucía diferente a los ojos de su hermana menor, como si lo estuvieran poseyendo.

Cabizbaja, la observaba con una atención poco frecuente.
Su cara ya no le trasmitía esa paz, amor fraternal, y seguridad. En su lugar, le producía… terror.

—Sí, así es, Luri —concordó, sonando así distinto, muy distinto. Perverso.

— ¡Hugo, ayúdame! —imploró.

—Lo siento, hermanita. A partir de ahora pertenecerás a la oscuridad, serás parte de la noche de las bestias.

Y, en ese preciso instante, un dolor incalculable avanzó con velocidad por la columna de la pequeña, rompiéndola en dos.
Desde ese momento la luz abandonó los que un día fueron los brillantes e inocentes ojos de una niña de apenas ocho años, con una vida por delante, con sueños por cumplir…


Hoy, se cumplen dieciocho años de la desaparición de Mackenzie Marie Jones. Hace ya bastante más de una década, desapareció del hogar de sus padres.

Nunca se encontró el cuerpo, ni el suyo, ni el de su hermano, Hugo.
Se presume que puede haberse tratado de un secuestro; pero los motivos aún son desconocidos.

Sus progenitores hasta la fecha no se han rendido en la búsqueda de sus hijos, los siguen tratando de encontrar como el primer día, y lloran su gran pérdida.

Lo último que se supo de Mackenzie, fue que fue vista por última vez la noche en que sus padres la dejaron durmiendo en su recámara, en el segundo piso de su casa… y que nunca regresó….



La oscuridad se apodera de mi ser, me consume por dentro, y me impide ver la luz al final del sendero del infierno.
… Sólo sé algo con seguridad:
Hallé la muerte sola, y nadie vino a buscarme…

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